Así somos

El jueves por la noche, el estadio del Club Atlético Boca Juniors se convirtió en el más descarnado espejo de la Argentina como sociedad. Pero fue apenas eso. Un escenario. Uno más. Como tantos otros ámbitos donde se despliega la cruda realidad de una comunidad sometida a un evidente proceso de desintegración.
 
Fue en ese estadio, pero pudo haber sucedido en cualquier otro. Y no porque sea un problema vinculado exclusivamente con el fútbol. Lo que sucede, en realidad, es que se trata del más popular de los deportes nacionales, capaz de aglutinar a multitudes, de romper cualquier diferencia social o económica. Allí, en esas gradas, no existen distinciones. En esas tribunas, todos y cada uno se muestran tal cual son. Los delincuentes que integran las barras bravas y aquellos que cada domingo aplauden la llegada de estos maleantes con sus bombos y banderas a los estadios.
 
El fútbol es apenas una muestra de un fenómeno extendido y profundo. Las pasiones exacerbadas, la ruptura de la ley, las transgresiones, la violencia, la complicidad, los negociados, la “viveza”, la impunidad, la inoperancia, la cultura del “aguante”. Todo está allí. A modo de cruel espejo.
 
Quienes prefieren negar esta realidad y seguir actuando como si los problemas de la sociedad argentina fueran siempre ajenos, apelan a ciertos eufemismos. Y así aparecen conceptos tales como “el folclore del fútbol”. Sin embargo, habrá que recordar que el término “folclore” está íntimamente vinculado con las costumbres y las tradiciones de una comunidad. 
 
Los cantos de las hinchadas argentinas no son fruto de la casualidad. Si de folclore se trata, pues entonces habrá que preguntar por qué motivo en lugar de alentar a sus equipos, quienes cada fin de semana concurren a los estadios en este país dedican gran parte de sus energías a proferir todo tipo de insultos, amenazar y a jurar los peores tormentos para sus contrincantes de turno.
 
Tampoco parece casual que en este cambalache los cantos se fútbol se reproduzcan en la política. De hecho, también allí la transgresión se convirtió en la norma. El “¡Vamos por todo!” y el “¡Le vamos a quemar la cancha!”, se parecen demasiado.
 
Las imágenes de esta decadencia colectiva se repiten en otros ámbitos. Las calles de las ciudades argentinas son una clara muestra: cualquier peatón que intente cruzarlas sabe que pone en riesgo su vida si no toma las debidas precauciones. También allí se imponen los insultos y las transgresiones. 
 
Hay ejemplos algo más sofisticados. El departamento donde vivía el fallecido fiscal Alberto Nisman, bien podría considerarse otro de los escenarios donde esta realidad se reveló de manera descarnada. Allí, entre esas cuatro paredes y como sucede en los estadios, también quedó en evidencia la inoperancia de quienes representan a las instituciones que deberían funcionar como garantes de la convivencia. La impunidad van camino a imponerse.
 
Es verdad que cada sociedad tiene sus problemas. Sin embargo, la situación se agrava cuando los integrantes de una comunidad se niegan a reconocer sus propias falencias.
 
Toda tarea de construcción social es lenta, ardua y dolorosa. Sin embargo, las imágenes del estadio de Boca – que dieron la vuelta al mundo-, dejaron al desnudo el lamentable proceso de destrucción colectiva en que la sociedad argentina se encuentra inmersa. Siempre es más fácil destruir, que construir. Pero a la larga, las consecuencias se pagan.
 
Y aunque muchos prefieran negarlo, el derrumbe se está produciendo inexorable y dramáticamente a la vista de todos.