Sábado, diciembre 14, 2019
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Evo contra Evo

Esta nota fue publicada en www.airedesantafe.com.ar

Los aciertos en política contribuyen a mejorar la vida de la gente. Y los errores dejan entreabiertas las puertas a la oscuridad y la incertidumbre.

La historia de Evo Morales es una historia de lucha, de sacrificios, de progreso, de reivindicaciones. En un país donde el 62% de la población desciende de pueblos originarios, Evo Morales fue el primer presidente indígena a lo largo de los 194 años de historia boliviana.

Evo Morales llegó al poder en 2006 y, a partir de entonces, produjo una verdadera revolución social y económica en su país: redujo drásticamente los índices de analfabetismo, la pobreza cayó del 65% al 35% y la economía creció de manera ininterrumpida a lo largo de todos sus años de mandato.

De hecho, el país más pobre de Sudamérica logró ponerse de pie con Evo en la Presidencia. Y hoy, los índices de pobreza apenas superan por un par de puntos a la otrora poderosa Argentina.

Durante su primer mandato, impulsó una reforma de la Constitución que otorgó un postergado abanico de derechos a los indígenas y campesinos. Y habilitó, además, la reelección por un mandato para el presidente.

Como era de esperar, Evo ganó las elecciones de 2009 por un apabullante 64% de los votos.

Pero el poder suele embriagar. Sobre todo, en una Latinoamérica donde los líderes caen con demasiada frecuencia en el convencimiento de que están por encima del sistema. Y, entonces, el presidente exitoso, el político valorado, el representante más genuino de su pueblo, comenzó a tropezar contra sí mismo.

Lo primero que hizo para burlar el texto de la Constitución que él había impulsado fue lograr que el Tribunal Constitucional le permitiera presentarse a una re-reelección, bajo el argumento de que su primer mandato se había producido con otra Carta Magna. La “nueva Bolivia”, entonces, había nacido en 2009 y la historia debía ser contada sólo a partir de entonces. Evo volvió a ganar. Esta vez, por el 63%.

En 2016, cuando se esperaba que al fin permitiera el surgimiento de un sucesor, el presidente exitoso volvió a equivocarse. Convocó a un referéndum para que la gente decidiera si se le otorgaba una nueva reelección. Pero esta vez, perdió. El 51,3% de los bolivianos le dijo NO. En otras palabras, le pidió que de una vez por todas respetase la Constitución.

Otra vez Evo apeló al Tribunal Constitucional. Y, como era de esperarse, los integrantes volvieron a fallar a favor del presidente. Esta vez, bajo el amañado argumento de que todo ciudadano tiene el “derecho humano” de elegir y ser elegido.

El destino de Morales estaba echado. Ya no quedaban dudas de que el presidente campesino de las luchas y las reivindicaciones, estaba decidido a redactar su propio epitafio político.

Este año Evo fue nuevamente candidato. Pero cuando el conteo de votos comenzaba a confirmar que habría ballotage, de repente el sistema dejó de funcionar. Cuando 24 horas después reaparecieron los datos oficiales, sorprendentemente decían que Morales ganaba por 10,57% de los votos y evitaba el ballotage gracias a ese llamativo 0,57%.

La indignación se extendió por toda Bolivia. Muchos de los movimientos que habían acompañado a Morales en su largo camino al poder, dieron un paso al costado. El mundo comenzó a hablar de un fraude flagrante.

La Organización de Estados Americanos (OEA) terminó por hacer caer la última pieza de este dominó, cuando dio a conocer un largo listado de evidentes irregularidades en el recuento de votos y recomendó que se convocara a nuevas elecciones.

Evo lo hizo, pero ya era demasiado tarde. Su país ardía. Y el Ejército, integrado por los grupos conservadores que siempre miraron de reojo a este indígena presidente, le pidió que renunciara.

Ya no había marcha atrás. Evo Morales se había quedado solo. Es cierto que en el desenlace de esta historia emana un tufillo a golpe de Estado. Pero también es verdad que Evo Morales se encargó de generar las condiciones propicias para su final.

Ahora, Bolivia se enfrenta a un verdadero agujero negro. El país del crecimiento sostenido y de las reivindicaciones sociales, se encuentra ante el abismo del vacío de poder. Y entonces, los peores momentos de la historia boliviana, caracterizada por la miseria y la inequidad, sobrevuelan amenazantes.

Puede que a partir de ahora Evo Morales sea víctima de nostálgicos que pretenden volver a la Bolivia del pasado. Pero no quedan dudas de que, además, Evo Morales fue víctima de Evo Morales.

En cualquier caso, Bolivia y los bolivianos pagan las consecuencias.


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