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Rosario: así, los narcos, los delincuentes de guante blanco y los asesinos tienen todo para ganar

El ministro de Seguridad de la Nación, Aníbal Fernández, se mostró ofuscado por algunas preguntas de los periodistas de Rosario.

 

“Vamos a dar la batalla que tengamos que dar junto al intendente y el gobernador. Los criminales no tienen derecho a adueñarse de la vida de los rosarinos”, había dicho el presidente Alberto Fernández el 27 de febrero de 2020 mientras visitaba esta ciudad de la provincia de Santa Fe. El tiempo se encargó de demostrar, de manera trágica, que sucedió todo lo contrario.

La agenda oficial del gobernador Perotti informaba que a las 11 de la mañana de ese 7 de diciembre tenía prevista una presentación en Agroactiva y que al mediodía estaría en un encuentro con dirigentes de la Federación Industrial de Santa Fe (Fisfe).

Por su parte, la agenda de Aníbal Fernández indicaba su llegada a Rosario cerca de las 9 de la mañana, para visitar el nuevo destacamento de Gendarmería Nacional. Luego, el ministro tenía previsto trasladarse hasta avenida Belgrano al 800, para inaugurar las nuevas instalaciones del comando regional de Prefectura Naval.

El intendente de Rosario tenía su propia lista de actividades, pero ninguna de ellas planteaba un posible encuentro con el máximo responsable político de la lucha contra el narcotráfico en la Argentina, un delito federal que termina echando raíces profundas donde encuentra las condiciones propicias para hacerlo.

Aníbal Fernández habló en una rueda de prensa y sus palabras permitieron entrever por qué la ciudad de Rosario llegó a convertirse en un territorio asolado por el narcotráfico: “Santa Fe hace muchos años que tiene esto… 15, 20 años que está con esta problemática”, arrancó el ministro, describiendo una situación histórica que es irrefutable.

Pero pronto la conferencia fue subiendo de tono y el ministro comenzó a revelar su verdadero pensamiento: “Por qué me preguntan a mí y no le preguntan a Santa Fe… Por qué no resolvió este tema en 20 años… Qué me lo preguntan a mí, que somos de otro lugar… No quieran achacárselo a un gobierno federal, cuando tendría que haberlo resuelto la provincia de Santa Fe”.

¿Ustedes hablan con el intendente Pablo Javkin?, le preguntaron los periodistas.

Y Fernández respondió: “No soy yo el que… No tengo que colaborar con él, tengo que colaborar con la provincia en toda la tarea que hacemos en los barrios. Si el intendente tiene vocación de participar con nosotros, sabe cómo ubicarnos… No me llama nunca… No me acuerdo la última vez que hablé”.

Todos fueron responsables

Mal que les pese a los rosarinos y a quienes gobernaron la provincia de Santa Fe durante las últimas dos décadas –primero el peronismo y luego el socialismo–; el ministro de Seguridad de la Nación dice la verdad cuando afirma que el narcotráfico comenzó a multiplicar su poder y a sembrar el terror mientras la ciudad se mostraba como un verdadero ejemplo de progreso y desarrollo ante el resto del país.

Los Monos ganaban territorios y Mario Roberto Segovia, el “Rey de la Efedrina”, se paseaba por las calles de Rosario en un Roll Royce sin que nadie se preguntara cómo era eso posible.

A pesar de estar detenido, los allanamientos en viviendas de Mario Segovia (El Rey de la Efedrina) continuaron porque siguió delinquiendo desde la cárcel.

 

Pero lo que Aníbal Fernández parece olvidar es que, el tráfico de efedrina desde el exterior hacia la Argentina, se producía gracias a la sospechosa pasividad de un gobierno nacional del que él mismo formaba parte de manera esencial.

También olvida que las primeras detenciones de los máximos líderes de Los Monos se produjeron en el ámbito de la Justicia de Santa Fe, ante la indiferencia y la pasividad de la Justicia federal.

Y que la cocaína que hoy ingresa a la Argentina, lo hace a través de fronteras terrestres, espacio aéreo y vías fluviales que deberían ser custodiadas por las mismas fuerzas federales que él conduce como ministro de Seguridad.

Los principales líderes de Los Monos terminaron siendo encarcelados por delitos provinciales, ante la pasividad inicial de la Justicia federal.

 

La verdad es que, para el Gobierno de la Nación, esta tragedia generada por el narcotráfico no sucede en la Argentina, sino en una ciudad llamada Rosario: “Qué me lo preguntan a mí, que somos de otro lugar”, respondió con total desparpajo Aníbal Fernández a los periodistas que lo consultaron el miércoles pasado.

Trazar paralelismos con otros países suele resultar odioso pero, salvando las distancias, si Aníbal Fernández hubiese sido ministro de Seguridad de Colombia durante los sangrientos años noventa, hubiera respondido que Pablo Escobar no era un problema colombiano, sino de las autoridades de Medellín y del departamento de Antioquia.

La oportunidad perdida y la foto que no fue

Lo cierto es que, mientras cualquier líder narco tiene la posibilidad de levantar un teléfono y ordenar una balacera que aterre a la ciudad de Rosario, los responsables de velar por el bien público a nivel nacional, de la provincia y de esa ciudad no fueron capaces de reflejar, al menos, un gesto de unidad frente al poderoso y despiadado enemigo en común.

A estas alturas de las circunstancias, no importa quién es el culpable de este desastre, ni la historia que desembocó en semejante tragedia. Para el ciudadano común, para el que solo anhela vivir en paz, hubiese sido importante ver en una misma foto al gobernador de su provincia, al intendente de su ciudad y al ministro de Seguridad de su país.

El pasado miércoles 7 de diciembre se presentó una inmejorable oportunidad para que esto sucediera. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario.

El enemigo es poderoso, rico, eficiente y decidido, pero quienes deben enfrentarlo desde el Estado parecen más preocupados por encontrar culpas ajenas, que por trabajar de manera mancomunada en busca de la seguridad perdida.

Así, los narcos, los delincuentes de guante blanco y los asesinos tienen todo para ganar.