Conspiranoides y canallas

Sabían dónde estaba el submarino ARA San Juan, pero lo ocultaron durante un año mientras fotografiaban el lecho marino argentino para venderles las imágenes a empresas petroleras transnacionales.

Santiago Maldonado lo secuestró Gendarmería, lo mataron a golpes y plantaron el cuerpo en el Río Chubut para hacer creer al país que se había ahogado.

Los bolsos de José López nunca existieron. El vecino del convento que llamó a la policía estaba evidentemente confabulado con los servicios de inteligencia para orquestar una causa que perjudicara a Cristina Fernández antes de las elecciones legislativas.

Los cuadernos de Centeno no prueban nada porque son fotocopias. Está claro que los empresarios se autoinculpan porque son amigos de Macri. Y el presidente y su padre formaron parte de la “patria contratista”.

Fernando Pomar le gritaba a su esposa, traficaba precursores químicos  y tenía deudas de juego. Por eso intentó escapar con su familia y terminaron estrellados junto a la ruta en noviembre de 2009.

Extraña capacidad la de los seres humanos para negar la realidad. O para recortarla de manera tal, que sólo queden en pie aquellos elementos que contribuyen a confirmar prejuicios. O para encontrar en otros –siempre en otros- las causas de todos los males y las explicaciones a cualquier tipo de equivocación, falla o debilidad.

Porque aunque muchos insistan en teorías conspirativas o en negar compulsivamente lo evidente, lo cierto es que a nadie en su sano juicio se le podría ocurrir que el mundo entero se confabulara para no hallar el submarino; que más de 50 forenses se pusieran de acuerdo para ocultar la verdadera causa de muerte de Maldonado; que a José López le tendieran una trampa;  que empresarios y ex funcionarios se incriminaran en una causa judicial porque forman parte de un plan maquiavélico perfectamente organizado.

El psicólogo y periodista Diego Sehinkman habla de teorías “conspiranoides”, como una condensación de los conceptos paranoide y conspirativo.

“Muchas personas creen que existe una fuerza o poder superior que orquesta los hechos del universo, y que prima todo el tiempo una relación de causa y efecto. Alguien genera causas que producen efectos, siempre en una dirección maquiavélica. Siempre son grandes poderes, poderes concentrados, superpotencias o una persona poderosa. Es como un perseguidor que  espía o vigila de manera constante”, explica.

Estas teorías suelen ser muy seductoras. “Desde el punto de vista de la psicología –remarca Sehinkman-, las teorías conspirativas tienen un beneficio importante: son reguladoras de la ansiedad, porque la gente prefiere muchas veces que haya un orden de cosas preestablecidas y que el mundo funcione bajo una lógica o control de alguien. Que siempre las cosas que pasan tengan una causa-efecto o explicación, porque en realidad es mucho más angustiante pensar que hay eventos que simplemente suceden y que están absolutamente fuera de nuestro control”.

Por ejemplo, que un submarino puede terminar en el fondo del mar, sin que exista un torpedo inglés. O que el hallazgo demoró un año porque se trataba de una búsqueda en condiciones difíciles de realizar.

El caso de la familia Pomar fue diferente: “Siempre es menos doloroso construir teorías complejas que reconocer la realidad con toda su dureza. Y la verdad fue que los Pomar murieron en un accidente, que la ruta estaba en mal estado  y que la policía no tuvo la pericia necesaria para encontrarlos. Era preferible pensar en un plato volador que abdujo ese auto, a volver a colocarnos un espejo que nos devuelva la imagen de un país precario”.

Manipuladores del relato

Sin embargo, también es cierto que en otros casos estas teorías terminan siendo funcionales a ciertos intereses, como por ejemplo los políticos. Y que siempre existen interesados en aprovecharlas para su beneficio.

En la Argentina, hasta el hallazgo del submarino fue para algunos reinterpretado en términos de la grieta. “Entonces, se fusiona una teoría conspirativa con argumentos políticos sin evidencia alguna”, insiste Sehinkman.

En el caso de Maldonado, esta explicación fue muy clara. Lo mató la Gendarmería, la Gendarmería depende del gobierno nacional, por lo tanto a Maldonado lo mató Mauricio Macri. Resulta inaceptable pensar que simplemente se ahogó, porque de esa manera el relato deja de ser útil para el objetivo político buscado.

“En ese caso las teorías conspirativas buscaban confirmar el sesgo cognitivo. El que quería ver que el culpable era el gobierno, armaba hipótesis de escenas que culparan al gobierno. A veces las personas prefieren negar una evidencia, en lugar de deconstruir una idea que sostiene una identidad. En este caso, una identidad política”, explica.

Siempre es más fácil buscar terceros culpables, que ser autocríticos; sostener teorías forzadas o “conspiranoides”, que aceptar una verdad incómoda.

Más allá de los diagnósticos, de las explicaciones psicológicas, sociológicas o políticas, lo cierto es que este empeño por negar la realidad abre la posibilidad a consecuencias nefastas. Los espejismos pueden resultar menos dolorosos, pero una sociedad que no es capaz de aceptar la verdad está condenada a caminar eternamente en círculo.

En el mejor de los casos, apelar a estos atajos termina siendo un síntoma de debilidad. En el peor, se trata de una verdadera canallada de aquellos que, aun sabiendo que mienten, no dudan en manipular el relato para salirse con la suya.


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